¿Qué sacrificio merece esta nada de
donde te agarras para no dejarme suelta, dejarme libre en tu constancia y en tu
trato de íntimos idiotas que no sollozan, ni atisban tierra, ni muerte, ni
miedos?
Simples baldosas lamidas por la lluvia
donde los pájaros siniestros no cantan: gimen una pobreza que increpa los
huesos de esos cadáveres entremezclados en cal.
Desesperanza de los campos que ya no
yerguen flores, sus pastores de manos marchitas, de evaporación de tiñer,
siembran, plácidos y mudos, espejos rotos donde se reflejan uno de tus mil
ojos. Los cubre la tierra, no crecen
mueren.
Nada en el universo pretende narrar
esta historia de muñones que se palpan, del viento que corre furioso entre
hojas y alivia las quemaduras que tus manos han provocado en mi cuerpo.
Ya ves que aquí, entre nosotros, sólo
existe esa calma de cama donde la lluvia no suena y se voltea la cara.
Ya ves que todo lo que nos ata
nos desata.
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