Tengo una rata entre las piernas
no puede subir
y ronronea.
Yo aprieto los hojaldres del opio
y el nácar se acelera.
Te miro desde arriba
con angustia y deseo.
Me dice cosas sucias
y le exprimo las orejas.
Viene y va con su pelaje tosco
con sólo un ojo ciego
al que quiero.
EL MUNDO AZUL
miércoles, 27 de mayo de 2015
sábado, 23 de mayo de 2015
La tumba de los queridos
La hornilla de gas encendida
el agua hierve
con la misma erupción
que carcome las heridas.
El vapor empaña los vidrios
pero qué más da, si el clima
se confunde con el vaho
y lo plagan los mosquitos.
Los pájaros afuera
encarnados en su cotidianidad
a penas si se detienen a mirar.
Yo encajada en la ventana
los veo
como anuncio de mi soledad.
Tengo un cuchillo pequeño
enredado entre los dedos,
quisiera matar
pero la cobardía
arremete,
una y otra vez,
sobre el pan.
Las ollas van acumulando moscas
y su zumbido
alerta la larga lista de infecciones.
El sacro sigue ahí
pero en remojo.
La leche gorjea su espuma,
espuma que quiero ver entre mis piernas
o aguando las enaguas de mi boca,
pero es un púlpito vacío.
La constancia la dan los niños
con sus parámetros de horarios fijos,
el cuchillo vuelve
a bambolear entre los dedos.
Sufijo, prefijo.
Apuñalo con alquimia un queso
y la vida sigue simple
sin mayores dramas
y con guerras televisadas.
Simple y mortífera,
con píldoras de series.
Simple y ajetreada
como un gato
que tras su baño
vomita su pelo enroscado.
Simple y vacía
como las tumbas de los queridos
y sus hijos dormidos.
el agua hierve
con la misma erupción
que carcome las heridas.
El vapor empaña los vidrios
pero qué más da, si el clima
se confunde con el vaho
y lo plagan los mosquitos.
Los pájaros afuera
encarnados en su cotidianidad
a penas si se detienen a mirar.
Yo encajada en la ventana
los veo
como anuncio de mi soledad.
Tengo un cuchillo pequeño
enredado entre los dedos,
quisiera matar
pero la cobardía
arremete,
una y otra vez,
sobre el pan.
Las ollas van acumulando moscas
y su zumbido
alerta la larga lista de infecciones.
El sacro sigue ahí
pero en remojo.
La leche gorjea su espuma,
espuma que quiero ver entre mis piernas
o aguando las enaguas de mi boca,
pero es un púlpito vacío.
La constancia la dan los niños
con sus parámetros de horarios fijos,
el cuchillo vuelve
a bambolear entre los dedos.
Sufijo, prefijo.
Apuñalo con alquimia un queso
y la vida sigue simple
sin mayores dramas
y con guerras televisadas.
Simple y mortífera,
con píldoras de series.
Simple y ajetreada
como un gato
que tras su baño
vomita su pelo enroscado.
Simple y vacía
como las tumbas de los queridos
y sus hijos dormidos.
viernes, 22 de mayo de 2015
Libros
A lo único que le tengo miedo
es al hongo que parece
implantarse,
silencioso,
entre los muebles.
De ahí al papel...
Multiplicarse infinito sobre los libros,
libros que guardo con recelo
y que cuando estoy sola
acaricio su tibia coraza de papel.
Libros que quizá cargo
amontillados en mi cerebro
o en los brazos
cuando limpio la biblioteca
y los cargo
con el cariño con el que
se lleva un gato en brazos.
Aún con más cuidado
porque son frágiles
y reclaman de mí la angustia,
el celo,
(quizá),
y uno que otro abrazo.
El hongo aparece en una pesadilla recurrente,
sobre sus delicadas hojas
que se retuercen de letras
grandes o pequeñas
de su papel mullido por el tiempo
que acoge un amarillo rancio
que anuncia que estoy envejeciendo.
El hongo próximo a mi vida,
a mi piel,
a las curaciones a las que me someto,
triste, delgada, desvaneciendo.
Pero que por una extraña fuerza
sigo en pie,
como los libros,
pequeños amigos míos, piedras,
no lo sé.
Sigo y limpio la biblioteca con esmero
quizá porque recibo
una seguridad hospitalaria,
si existe alguna.
Vuelven los sueños:
el río crece y empieza a inundar mi casa,
pero pese a lo demás,
me precipito a rescatarlos,
a ellos,
a los libros.
es al hongo que parece
implantarse,
silencioso,
entre los muebles.
De ahí al papel...
Multiplicarse infinito sobre los libros,
libros que guardo con recelo
y que cuando estoy sola
acaricio su tibia coraza de papel.
Libros que quizá cargo
amontillados en mi cerebro
o en los brazos
cuando limpio la biblioteca
y los cargo
con el cariño con el que
se lleva un gato en brazos.
Aún con más cuidado
porque son frágiles
y reclaman de mí la angustia,
el celo,
(quizá),
y uno que otro abrazo.
El hongo aparece en una pesadilla recurrente,
sobre sus delicadas hojas
que se retuercen de letras
grandes o pequeñas
de su papel mullido por el tiempo
que acoge un amarillo rancio
que anuncia que estoy envejeciendo.
El hongo próximo a mi vida,
a mi piel,
a las curaciones a las que me someto,
triste, delgada, desvaneciendo.
Pero que por una extraña fuerza
sigo en pie,
como los libros,
pequeños amigos míos, piedras,
no lo sé.
Sigo y limpio la biblioteca con esmero
quizá porque recibo
una seguridad hospitalaria,
si existe alguna.
Vuelven los sueños:
el río crece y empieza a inundar mi casa,
pero pese a lo demás,
me precipito a rescatarlos,
a ellos,
a los libros.
sábado, 9 de mayo de 2015
Premoniciones
Un día en los confines de la China, el pescador Shuan-Lee, de la aldea de pescadores, en vez de sacar brillantes peces en sus redes las sacó rebosadas de perlas, para alegría de los ojos de sus mujeres y codicia en la mirada de sus hombres. No pasó mucho tiempo para que todas la redes de la aldea se carguen de redondas y coloridas perlas, para tristeza de sus hombres y desesperación de sus mujeres.
Los residuos de las innumerables guerras habían acabado con el comercio, más aún, no se sabía de ningún poblado cercano o lejano. Las mujeres cosieron con las perlas bellos trajes minuciosos en detalle, daba gusto verlos resplandecer al sol, pero el hambre crecía y el mar indolente, sólo echaba perlas de sus fauces. Pronto los hombres renunciaron a la pesca y las mujeres taparon los ojos de sus hijos. Muchos huyeron en busca de un poblado pero no regresaron nunca, hubo otros que tras la desesperación metieron un puñado de perlas en su boca, nada más que para escupir los dientes.
Al despertar Shuan-Lee sintió que uno de sus dientes flojeaba, recordó a los profetas y tuvo miedo, enseguida la primera explosión tiñó de naranja el cielo.
jueves, 7 de mayo de 2015
ir
Vamos viento ven,
arremete,
VEN.
La ciudad ajena,
las aceras pocas y plagadas de vegetación,
la misma asfixia
la misma sinfonía mental
una y otra vez
VEN.
El paraiso fingido,
la libertad mordiendo ovejas
la primavera estancada en un periodo de tiempo
que se atropella entre las nubes
cargadas de lluvia
VEN.
Pocas cosas se guardan en agendas.
A los peces los encuentro camino a casa
ahogados sobre las piedras naranjas
con sus ojos fúricos y rojos
la boca abierta de la asfixia,
asfixia,
asfixia,
la misma señal
que me obligó a perderte
ven.
La calma no existe
el sosiego está en la muerte
o en la depresión
cualquiera entiende
o deja de entender.
vete.
sábado, 30 de agosto de 2014
¿Qué sacrificio merece esta nada de
donde te agarras para no dejarme suelta, dejarme libre en tu constancia y en tu
trato de íntimos idiotas que no sollozan, ni atisban tierra, ni muerte, ni
miedos?
Simples baldosas lamidas por la lluvia
donde los pájaros siniestros no cantan: gimen una pobreza que increpa los
huesos de esos cadáveres entremezclados en cal.
Desesperanza de los campos que ya no
yerguen flores, sus pastores de manos marchitas, de evaporación de tiñer,
siembran, plácidos y mudos, espejos rotos donde se reflejan uno de tus mil
ojos. Los cubre la tierra, no crecen
mueren.
Nada en el universo pretende narrar
esta historia de muñones que se palpan, del viento que corre furioso entre
hojas y alivia las quemaduras que tus manos han provocado en mi cuerpo.
Ya ves que aquí, entre nosotros, sólo
existe esa calma de cama donde la lluvia no suena y se voltea la cara.
Ya ves que todo lo que nos ata
nos desata.
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