La hornilla de gas encendida
el agua hierve
con la misma erupción
que carcome las heridas.
El vapor empaña los vidrios
pero qué más da, si el clima
se confunde con el vaho
y lo plagan los mosquitos.
Los pájaros afuera
encarnados en su cotidianidad
a penas si se detienen a mirar.
Yo encajada en la ventana
los veo
como anuncio de mi soledad.
Tengo un cuchillo pequeño
enredado entre los dedos,
quisiera matar
pero la cobardía
arremete,
una y otra vez,
sobre el pan.
Las ollas van acumulando moscas
y su zumbido
alerta la larga lista de infecciones.
El sacro sigue ahí
pero en remojo.
La leche gorjea su espuma,
espuma que quiero ver entre mis piernas
o aguando las enaguas de mi boca,
pero es un púlpito vacío.
La constancia la dan los niños
con sus parámetros de horarios fijos,
el cuchillo vuelve
a bambolear entre los dedos.
Sufijo, prefijo.
Apuñalo con alquimia un queso
y la vida sigue simple
sin mayores dramas
y con guerras televisadas.
Simple y mortífera,
con píldoras de series.
Simple y ajetreada
como un gato
que tras su baño
vomita su pelo enroscado.
Simple y vacía
como las tumbas de los queridos
y sus hijos dormidos.
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