viernes, 22 de mayo de 2015

Libros

A lo único que le tengo miedo
es al hongo que parece
                                     implantarse,
silencioso,
entre los muebles.
De ahí al papel...

Multiplicarse infinito sobre los libros,
libros que guardo con recelo
y que cuando estoy sola
acaricio su tibia coraza de papel.

Libros que quizá cargo
amontillados en mi cerebro
o en los brazos
cuando limpio la biblioteca
                                 y los cargo
con el cariño con el que
se lleva un gato en brazos.

Aún con más cuidado
porque son frágiles
y reclaman de mí la angustia,
el celo,
            (quizá),
y uno que otro abrazo.

El hongo aparece en una pesadilla recurrente,
sobre sus delicadas hojas
que se retuercen de letras
grandes o pequeñas
de su papel mullido por el tiempo
que acoge un amarillo rancio
que anuncia que estoy envejeciendo.

El hongo próximo a mi vida,
a mi piel,
a las curaciones a las que me someto,
triste, delgada, desvaneciendo.
Pero que por una extraña fuerza
sigo en pie,
como los libros,
pequeños amigos míos, piedras,
no lo sé.

Sigo y limpio la biblioteca con esmero
quizá porque recibo
una seguridad hospitalaria,
si existe alguna.

Vuelven los sueños:
el río crece y empieza a inundar mi casa,
pero pese a lo demás,
me precipito a rescatarlos,
a ellos,
a los libros.


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